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Siento una respiración en mi cuello, tal vez sea el perro, pero si yo ni tengo perro. Volteo mi cabeza con cuidado y me topo con la perfecta cara de Daniel. Sus pestañas descansan sobre sus mejillas; son tan largas que ya quisiera yo tener unas así. ¿Por qué será que algunos de los hombres tienen unas maravillosas pestañas y a veces las mujeres no? Que envidia.

Sus labios están entrecerrados. Se le ven rosados, tan hermoso que es, tanto físicamente e interiormente, también tiene un rastro de barba que le está saliendo, con razón sentía algo que me picaba en la noche.

Aún no creo que este hombre será mi acompañante para toda mi vida. ¿Por qué la Luna nos emparejó siendo el mayor que yo? Tan al menos no me dejó sola.

En la noche pude sentir a Daniel tocando mis piernas, que estaban al descubierto, ya que a veces soy muy inquieta cuando duermo, pero lo dejé pasar.

—¿Qué tanto me miras? —Dice Daniel aún con los ojos cer

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