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Domingo no me gusta nada. Principalmente, porque Daniel no está en la cama, de seguro fue a correr, y sin mí. Ruedo en la cama para llegar a su lugar, para obtener su aroma. 

Me levanto de la cama y voy directo a la cocina, saco de la alacena de la cocina, en recetario de comida fácil de preparar, creo que soy capaz de seguir unos cuantos pasos. (Bueno eso es lo que digo)

—Buenos días.— la voz desanimada de Daniel, me distrae de mis labores, pero sin que se dé cuenta, sigo como si nada.

—¿Ya se te pasó el enojo?— busco algo inexistente en el cajón de los cubiertos.

—¿Podrías dejar de hacer eso?— se toca las sienes con los dedos. ¿Le duele la cabeza o solo es irritación?

—¡¿El qué?! — alzo la voz.

—De abrir y cerrar puertas y cajones. —se queja.

—Perdóname, estaba tratando de hacer algo de desayunar.— contraataco.

—Eli, no estoy tan feliz, pero por favor compórtate bien.— me deja sola y desubicada. 

—Ve

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