Camila
Julián se había quitado el saco, la corbata y su camisa blanca tenía varios botones abiertos. Estaba sentado frente a la barra de la cocina, con su torso girado hacia mí. Me miraba con esos profundos ojos negros como pozos de alquitrán, ojos que me atrapaban.
Su presencia ya no me era extraña, al contrario, comenzaba a ser una roca fuerte a la cual me agarraba cada vez que alguna tormenta me sacudía, como Emilio o Marina.
Quería saber más de él, por eso me atreví a hacerle esa pregunta.