Mundo ficciónIniciar sesiónLas puertas de la catedral se abrieron de par en par, dejando entrar la luz deslumbrante de la tarde. Al sonar las primeras notas de la marcha nupcial, todos los invitados se pusieron de pie, pero los ojos de Ana Luisa solo buscaban a un hombre.
Caminaba con paso firme, del brazo de su padre, Gregorio Versalles. Él la miraba con un orgullo que no le cabía en el pecho, pero Ana Luisa solo tenía ojos para el final del pasillo. Allí, frente al altar, estaba Diego De La Ribera. Lucía imponente. Su traje hecho a medida resaltaba su figura atlética y su sonrisa, esa que siempre parecía sacada de una revista de lujo, estaba fija en ella. Para cualquier extraño, Diego era el novio perfecto: un arquitecto de renombre, exitoso y profundamente enamorado. Ana Luisa sintió que el corazón se le salía del pecho. Mientras avanzaba, los recuerdos de hace dos años cruzaron su mente como una película hermosa. Se habían conocido en una fiesta exclusiva gracias a una amiga en común. En ese entonces, Ana Luisa era apenas una estudiante universitaria llena de sueños, y Diego ya se presentaba como un hombre de mundo, un profesional brillante. Desde esa misma noche, él no se apartó de su lado. Fue un romance de cuento de hadas: flores, cenas románticas y promesas de un futuro brillante. Diego no había perdido el tiempo; desde el primer día, su único objetivo había sido ese: convertirla en su esposa. Cuando Gregorio finalmente entregó la mano de su hija a Diego, el novio la tomó con una firmeza que a ella le pareció seguridad, pero que en realidad era posesión. Diego se inclinó y le susurró al oído con esa voz varonil que siempre la derretía: —Estás hermosa, mi vida. Por fin eres mía. Ana Luisa sintió un escalofrío de felicidad, sin captar el doble sentido de aquellas palabras. Para ella, ser "suya" significaba amor eterno. Para Diego, significaba que el contrato más importante de su vida estaba a punto de firmarse. El sacerdote comenzó la ceremonia. Ana Luisa miraba a Diego con una adoración absoluta, repasando en su mente cada detalle de su rostro perfecto. No podía creer que ese hombre tan importante, ese arquitecto que construía edificios modernos en las zonas más caras de California, la hubiera elegido a ella. Estaba a punto de decir las palabras que cambiarían su vida para siempre. Estaba a punto de entregarle su fortuna, su apellido y su alma a un hombre que no había construido un solo plano en su vida, pero que era un experto arquitecto en el arte de la mentira. —Ana Luisa Versalles... ¿Aceptas a Diego De La Ribera como tu esposo? —la voz del cura resonó en toda la catedral. Ella sonrió, con los ojos empañados de alegría, lista para dar el "sí" que sellaría su destino. —Ana Luisa Versalles... ¿Aceptas a Diego De La Ribera como tu esposo, para amarlo y respetarlo, en lo próspero y en lo adverso, hasta que la muerte los separe?El sacerdote terminó de hablar y un silencio expectante llenó la catedral. Ana Luisa respiró hondo, con una sonrisa temblorosa en los labios. Miró a Diego a los ojos; él le apretó las manos con una calidez que ella creía real. Ella abrió la boca, lista para pronunciar la palabra que cambiaría su vida.
—Yo...
Pero la palabra se quedó atrapada en su garganta. No fue por nervios. Fue porque, en ese preciso instante, el gran portón de madera de la entrada se abrió con un golpe seco que resonó en cada rincón del templo.
Una mujer joven, con el rostro marcado por el cansancio y la angustia, entró apresurada. En sus brazos cargaba a una niña de unos tres años, que se aferraba a su cuello con miedo.
—¡Detente, Diego! —gritó la mujer. Su voz no era fuerte, pero en aquel silencio sonó como un trueno.
Ana Luisa sintió que el corazón le daba un vuelco. Se quedó congelada, con la boca entreabierta, mirando cómo aquella desconocida avanzaba por el pasillo central, ignorando las miradas de horror de los invitados de la alta sociedad.
Diego soltó las manos de Ana Luisa de golpe. El color desapareció de su rostro, dejando una máscara de piedra.
—¿Qué haces aquí? —susurró Diego, pero el micrófono del altar captó su voz, haciendo que todos escucharan su miedo.
La mujer llegó hasta el pie del altar y levantó a la niña para que todos pudieran verla.
—No puedes casarte con ella —dijo la mujer, con los ojos llenos de lágrimas—. No puedes hacerlo porque tú ya tienes una familia. Diego es mi marido, y esta niña es su hija.
El mundo de Ana Luisa se detuvo. Giró la cabeza lentamente para mirar a la pequeña y sintió que un balde de agua fría la empapaba. La niña tenía los mismos ojos café claro de Diego, la misma curva de la nariz. No necesitaba pruebas de ADN; la verdad estaba allí, frente a ella.
—¿Tu marido? —logró decir Ana Luisa, sintiendo que el oxígeno desaparecía de la catedral.
—Nos casamos hace años en el pueblo —continuó la mujer, mirando a Ana Luisa con una mezcla de lástima y rabia—. Nos abandonó diciendo que vendría a Los Ángeles a trabajar como arquitecto para darnos una vida mejor. Pero nunca volvió. Ahora entiendo por qué. Estaba buscando una cuenta bancaria más grande que el amor por su propia hija.
Ana Luisa miró a su padre, Gregorio, quien ya bajaba del altar con los puños cerrados, y luego a su madre, Martina, que estaba a punto del desmayo. Pero lo que más le dolió fue la mirada de Diego. No había arrepentimiento en sus ojos, solo la rabia de haber sido descubierto.
El vestido de novia, que esa mañana la hacía sentir como una princesa, de pronto le dio asco. Se sintió ridícula, vestida de blanco para un hombre que ya le pertenecía a otra.
El "sí" que estaba a punto de pronunciar se transformó en un nudo de odio en su pecho. Ana Luisa no lloró, no frente a él. La joven dulce de 24 años murió en ese mismo instante, y en su lugar, una mujer fría y herida comenzó a tomar el control.







