Esa noche, el silencio de la mansión Versalles se sentía más pesado que nunca. Ana Luisa entró en su habitación y, sin siquiera encender las luces, dejó caer su maletín al suelo. Se sentía agotada, pero no era el cansancio físico de un día de trabajo; era el peso de la derrota y el ardor de la bofetada que aún sentía en la palma de su mano. Se tiró en la cama, todavía vestida con su traje sastre, y clavó la vista en el techo oscuro. Intentó pensar en leyes, en apelaciones, en la cara de suficiencia de Mauricio De La Hoz, pero su mente, traicionera y herida, decidió llevarla a un lugar prohibido. De repente, el recuerdo de Diego regresó como una marea negra. Recordó la mañana de la boda, el olor de las flores blancas y la forma en que él la miraba mientras ella bailaba con su madre. Recordó cómo, durante dos años, Diego le había construido un mundo de cristal donde ella se sentía la mujer más afortunada del planeta. —"Eres lo más valioso que tengo, Ana Luisa" —le había dich
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