Esto Es Guerra

El ambiente en la sala de audiencias era asfixiante. Ana Luisa entró con la cabeza en alto, pero sus manos apretaban con fuerza el maletín. Al otro lado, Mauricio De La Hoz caminaba con una seguridad que la ponía enferma. Se sentó en su mesa, se ajustó los puños de la camisa y le lanzó una mirada de reojo, una mezcla de triunfo anticipado y burla.

 ​—Todos de pie —anunció el oficial.

 ​El juez entró y el silencio que siguió fue absoluto. Ana Luisa sentía que el corazón le martilleaba en los oídos. Miró a su clienta, Elena, quien le apretó la mano buscando un milagro.

 ​—Después de revisar las pruebas presentadas —comenzó el juez con voz monótona—, este tribunal dicta sentencia a favor de la parte demandada. El contrato de propiedad se mantiene vigente y sin alteraciones.

 ​El mundo de Ana Luisa se detuvo. Un pitido agudo llenó su cabeza mientras escuchaba los sollozos de Elena a su lado. Había perdido. Había fallado en proteger a una mujer que, al igual que ella, había sido engañada por un hombre sin escrúpulos.

 ​Giró la vista hacia Mauricio. Él no estaba celebrando con gritos; simplemente guardaba su pluma estilográfica en el bolsillo del saco con una elegancia que resultaba insultante. Se puso de pie, le dio una palmadita condescendiente en el hombro a su cliente —un hombre que sonreía con malicia— y salió de la sala sin dedicarle una sola palabra de consuelo.

 ​La rabia, una furia caliente y ciega que Ana Luisa había contenido durante un año, estalló. No era solo el juicio; era la arrogancia de Mauricio, su falta de alma y esa forma de pisotear a los débiles por un fajo de billetes. Para ella, Mauricio era el reflejo exacto de Diego, pero con más cerebro y más peligro.

 ​Sin pensarlo, salió de la sala tras él. Lo vio doblar hacia el pasillo de los baños. A Ana Luisa no le importó el protocolo, ni las miradas de los otros abogados, ni el letrero en la puerta. Empujó la puerta del baño de hombres con tal fuerza que chocó contra la pared.

 ​Dentro, un par de abogados se quedaron de piedra al ver entrar a la famosa Ana Luisa Versalles con los ojos inyectados en rabia. Mauricio estaba frente al espejo, lavándose las manos con una calma desesperante.

 ​—¡Eres un miserable! —gritó ella. Su voz rebotó en los azulejos blancos.

 ​Mauricio cerró el grifo con parsimonia y se giró, secándose las manos con una toalla de papel. No parecía ni un poco sorprendido.

 ​—Licenciada, creo que se equivocó de puerta. Este no es lugar para sus berrinches de mala perdedora —dijo él con esa voz varonil y burlona que ella tanto odiaba.

 ​—¿Berrinches? ¡Acabas de dejar a una madre en la calle! —Ana Luisa se abalanzó hacia él, acortando la distancia hasta que sus pechos casi se tocaban—. Eres lo peor que existe, Mauricio. Eres un mercenario que vende su talento al diablo. ¡Eres un asco de hombre!

 ​Mauricio soltó una risa seca y dio un paso adelante, aprovechando su altura para intimidarla.

 ​—Gané porque soy mejor que tú, Ana Luisa. Acéptalo. Y deja de proyectar tus traumas personales en mis casos. No todos los hombres somos el que te dejó plantada en el altar.

 ​El aire se escapó de los pulmones de Ana Luisa. Fue un golpe bajo, una herida abierta. Sin pensar, movida por un instinto de puro dolor y odio, levantó la mano y descargó una bofetada sonora sobre la mejilla de Mauricio.

 ​¡ZAS!

 ​El sonido fue tan fuerte que los otros hombres salieron del baño casi corriendo, dejándolos solos. La cara de Mauricio se giró por la fuerza del impacto. El lugar donde ella lo había golpeado empezó a encenderse en un rojo furioso.

 ​Él no gritó. Lentamente, volvió la cara para mirarla. Sus ojos oscuros, que antes eran burlones, ahora ardían con una intensidad que daba miedo. Mauricio dio un paso hacia ella, arrinconándola contra los lavabos de mármol frío.

 ​—Nunca —susurró él, con una voz cargada de una advertencia peligrosa— vuelvas a ponerme una mano encima, Versalles.

 ​—¡O qué! —desafió ella, con la respiración agitada y las lágrimas de rabia quemándole los párpados—. ¿Vas a demandarme? Hazlo. Así todos sabrán que además de cínico, eres un cobarde.

 ​Mauricio no se movió. Se quedó allí, atrapándola entre sus brazos y el mármol, tan cerca que Ana Luisa podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo y el aroma de su perfume caro. La tensión entre ambos ya no era solo odio; era algo eléctrico y salvaje que ninguno de los dos podía explicar.

 ​—No voy a demandarte —dijo él, acercando sus labios a los de ella hasta que casi se rozaron—. Voy a hacer algo mucho peor. Voy a hacer que te arrepientas de haber nacido el día que decidiste ser mi enemiga.

 ​Ana Luisa lo empujó con todas sus fuerzas y salió del baño con el corazón a punto de explotar. Había perdido el juicio, pero la guerra contra Mauricio De La Hoz acababa de volverse personal.

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