Mundo ficciónIniciar sesiónEl juez golpeó el mallete y el juicio comenzó. Ana Luisa se puso de pie, ajustando sus documentos sobre la mesa. No miró a Mauricio; su objetivo era el hombre sentado a su lado, el estafador que pretendía dejar a una madre en la calle.
—Su Señoría —comenzó Ana Luisa, y su voz llenó la sala con una claridad impecable—. Este no es un caso de contratos mal entendidos. Es un caso de depredación. El cliente del licenciado De La Hoz aprovechó la vulnerabilidad de una mujer desesperada para arrebatarle su único patrimonio.
Ana Luisa presentó las pruebas con una rapidez letal. Hablaba de cláusulas abusivas y de firmas obtenidas bajo engaño. Cada palabra suya era un golpe directo al caso de la defensa.
Mauricio De La Hoz la observaba recostado en su silla, con un bolígrafo girando entre sus dedos largos y fuertes. No parecía preocupado. Al contrario, parecía estar disfrutando del espectáculo.
Cuando fue su turno, se levantó con una elegancia perezosa que ponía nerviosos a todos, menos a Ana Luisa.
—Abogada Versalles, su discurso es conmovedor, realmente —dijo Mauricio, caminando lentamente hacia el estrado—. Casi me hace querer llorar. Pero en esta sala no juzgamos sentimientos, juzgamos hechos. Y el hecho es que aquí hay un contrato firmado legalmente.
Mauricio se acercó a Ana Luisa, invadiendo su espacio personal. El perfume de él, una mezcla de madera y cítricos, la envolvió por un segundo, pero ella no retrocedió.
—Dígame, licenciada —continuó Mauricio, clavando sus ojos oscuros en los de ella—, ¿su obsesión con este caso es por justicia... o es que tiene un problema personal con los hombres que toman lo que quieren?
La sala quedó en silencio. Fue un golpe bajo, una provocación directa a su pasado. Ana Luisa sintió una chispa de rabia arder en su estómago, pero no permitió que subiera a su rostro. Se limitó a sonreír con una frialdad que sorprendió incluso a Mauricio.
—Mi problema, licenciado De La Hoz, es con los parásitos que se alimentan del trabajo ajeno. Y con los abogados que, por un buen fajo de billetes, les lavan la cara.
Mauricio soltó una pequeña risa, una que no llegó a sus ojos.
—Es usted valiente, Versalles. Se lo concedo. Pero la valentía no gana juicios.
Durante las siguientes tres horas, la sala se convirtió en un campo de batalla. Ana Luisa atacaba con leyes y Mauricio respondía con tecnicismos brillantes. Era un baile intelectual donde ninguno cedía ni un centímetro. Los presentes estaban boquiabiertos; nunca habían visto a nadie enfrentar a Mauricio de esa manera, y Mauricio nunca había encontrado a una mujer que le sostuviera el pulso con tanta firmeza.
Al finalizar la sesión, el juez llamó a un receso. Ana Luisa guardaba sus cosas con manos firmes cuando sintió una sombra proyectarse sobre su mesa.
—Tienes talento —dijo Mauricio, ahora sin el tono burlón—. Pero mañana voy a destruirte en ese estrado. Nada personal, solo negocios.
Ana Luisa cerró su maletín y lo miró a la cara, quedando a pocos centímetros de él.
—Muchos hombres han intentado destruirme antes, Mauricio —respondió ella en un susurro gélido—. Inténtalo. Pero te advierto: no soy la presa que estás acostumbrado a cazar.
Ana Luisa salió de la sala sin mirar atrás, dejando a Mauricio De La Hoz con una expresión que no era de victoria, sino de una curiosidad peligrosa. Por primera vez en años, el abogado invencible tenía ganas de que llegara el día siguiente.
Mauricio De La Hoz entró a su bufete, ubicado en el último piso de un rascacielos de cristal en el centro de Los Ángeles. Era un hombre imponente, de un atractivo que cortaba la respiración. Su mandíbula era marcada, siempre con una sombra de barba perfectamente cuidada, y sus hombros eran anchos, llenando con arrogancia su traje de tres piezas. Tenía el aire de alguien que nació para mandar y la mirada de quien ya lo ha visto todo.
Caminó por el pasillo ignorando los saludos de sus asistentes, con el maletín en la mano y el ceño fruncido. Entró en su oficina privada y se arrojó sobre su sillón de cuero negro.
—¡Es insoportable! —exclamó, lanzando una carpeta sobre el escritorio.
Héctor, su mejor amigo y también abogado principal del bufete, estaba sentado en el sofá de la oficina tomando un café. Levantó la vista y soltó una carcajada.
—¿Quién es insoportable? ¿Por fin alguien te hizo perder la paciencia, Mauricio? —preguntó Héctor con tono burlón.
—Ana Luisa Versalles —escupió el nombre como si fuera veneno.
Héctor dejó el café y se inclinó hacia adelante, intrigado.
—¿La famosa heredera de los Versalles? Escuché que después de lo que le pasó en su boda hace un año, se volvió una máquina de guerra en los juzgados. Dicen que no tiene piedad con nadie, especialmente con los hombres como nosotros.
Mauricio se aflojó el nudo de la corbata y se recostó, mirando hacia el techo. La imagen de los ojos café de Ana Luisa, llenos de desprecio y fuego, no salía de su mente.
—Es una mujer amargada, Héctor. Cree que todos somos como el imbécil que la dejó en el altar. Se cree moralmente superior —Mauricio soltó un bufido de frustración—. Se atrevió a decirme en mi cara que solo defiendo parásitos por dinero.
—Bueno... —Héctor sonrió con malicia—. En este caso, tiene un poco de razón. Tu cliente es un tipo bastante sucio.
—¡Eso no importa! Mi trabajo es ganar —sentenció Mauricio, golpeando el escritorio—. Pero ella me desafió frente al juez. Me hizo sentir... —se detuvo, buscando la palabra.
—¿Humillado? —sugirió Héctor.
—No. Me hizo sentir vivo —confesó Mauricio en voz baja, aunque de inmediato recuperó su tono duro—. Pero no voy a permitir que una mujer que parece hecha de hielo me gane un caso. Mañana la voy a destrozar. Voy a encontrar su punto débil y voy a hacer que esa máscara de perfección se le caiga en mil pedazos.
Héctor negó con la cabeza, conociendo bien a su amigo.
—Ten cuidado, Mauricio. Dicen que el hielo también quema. Y me parece que esa mujer es un incendio disfrazado de glaciar.
Mauricio no respondió. Se quedó mirando el ventanal, viendo las luces de la ciudad, pero en su mente solo veía a Ana Luisa Versalles y ese reto que le había lanzado. Por primera vez en mucho tiempo, ganar no era suficiente; quería ver a esa mujer perder el control.







