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La mansión de la familia Versalles estaba sumida en un silencio absoluto, pero para Ana Luisa, el aire vibraba de emoción. Frente a ella, colgado con una delicadeza casi sagrada, el vestido de novia parecía flotar en la habitación. Era una joya de encaje francés que representaba el inicio de su nueva vida.
Ana Luisa caminó hacia el espejo de cuerpo entero. Se soltó su larga cabellera negra, que caía en ondas perfectas sobre su espalda, y observó su reflejo. Sus ojos café brillaban con una luz que no tenía nada que ver con el éxito que alcanzaba cada día como abogada en Los Ángeles. Era la luz de una mujer enamorada.
A sus veinticuatro años, sentía que el destino le sonreía.
—Mañana —susurró, rozando con sus dedos la tela de seda del vestido.
Esa sola palabra le erizaba la piel. Mañana caminaría hacia el altar para unir su vida a la de Diego De La Ribera. Para ella, Diego era el hombre ideal: elegante, atento y con esa seguridad que solo los hombres de su clase poseían. Sus padres, Gregorio y Martina, no podían estar más orgullosos. Los Versalles, con sus raíces francesas y su prestigio, estaban a punto de celebrar la boda del año en California.
Ana Luisa se sentó en el borde de su cama y miró el enorme diamante que adornaba su mano. Recordó las palabras de Diego, sus promesas de un futuro juntos y la forma en que él la hacía sentir protegida. En su mente, ellos eran la pareja perfecta. Ella tenía la inteligencia y el apellido; él tenía el porte y el amor que ella siempre había soñado.
Se levantó para mirar por el gran ventanal de su habitación. Las luces de la ciudad de Los Ángeles parpadeaban a lo lejos, pero nada brillaba tanto como sus ilusiones. Ana Luisa era una abogada brillante, capaz de detectar una mentira a kilómetros en un juzgado, pero cuando se trataba de Diego, su corazón le servía de venda.
No tenía idea de que, mientras ella soñaba despierta con una vida de felicidad, Diego solo hacía cuentas de la fortuna que estaba por heredar al casarse con ella. Para él, Ana Luisa no era el amor de su vida, sino el negocio más lucrativo de su carrera como cazafortunas.
Esa noche, Ana Luisa se acostó con una sonrisa, abrazando su almohada y contando las horas para el amanecer. Se quedó dormida creyendo en cuentos de hadas, sin saber que el despertar sería el inicio de su peor pesadilla.
El sol de California entró por los ventanales con una fuerza radiante, como si el mismo cielo quisiera celebrar la unión de los Versalles. Ana Luisa saltó de la cama en cuanto el primer rayo de luz tocó sus sábanas. No necesitaba alarmas; su corazón martilleaba con una energía que nunca antes había sentido.
—¡Es hoy! —exclamó en un susurro, sintiendo un cosquilleo en el estómago. En ese momento, la puerta se abrió suavemente. Martina Versalles entró a la habitación con su elegancia habitual, pero con una mirada cargada de nostalgia. Al ver a su hija de pie, con su largo cabello negro despeinado y la cara lavada, no pudo evitar sonreír. —Buenos días, mi niña —dijo Martina, acercándose—. Los maquilladores y estilistas ya están abajo instalando todo. El tiempo corre, Ana Luisa. Pero Ana Luisa no tenía prisa por sentarse en una silla de maquillaje. En lugar de eso, corrió hacia su madre y la tomó de las manos, sorprendiéndola. —¡Mamá, no puedo creerlo! —gritó emocionada. De repente, empezó a tararear una melodía suave y arrastró a Martina hacia el centro de la habitación. Ana Luisa comenzó a dar vueltas, guiando a su madre en un vals imaginario, simulando el baile nupcial que daría esa noche con Diego. Sus pies descalzos se movían con ligereza sobre la alfombra, mientras cerraba los ojos e imaginaba que ya estaba en los brazos de su prometido. —¡Ana Luisa, por Dios, vas a marearme! —rió Martina, aunque se dejó llevar por la alegría de su hija. —Solo un poco más, mamá —respondió ella, riendo con ganas—. ¡Soy la mujer más feliz del mundo! Diego es el hombre que siempre soñé. Siento que todo en mi vida es perfecto. Martina la detuvo con ternura y le acarició la mejilla. —Te mereces todo esto, hija. Los De La Ribera son una familia de nombre, y Diego ha demostrado estar a tu altura. Gregorio y yo estamos tranquilos porque sabemos que quedas en buenas manos. Ana Luisa abrazó a su madre con fuerza, sintiendo que nada podía salir mal. En su mente de joven enamorada, el mundo era un lugar brillante y seguro. No sospechaba que, mientras ella bailaba de felicidad, en alguna otra parte de la ciudad, Diego De La Ribera revisaba su reloj con impaciencia, esperando el momento de ponerle la mano encima a la cuenta bancaria de los Versalles. —Baja ya —le ordenó Martina con cariño—. No queremos que la novia llegue tarde a su propia boda. Ana Luisa asintió, soltó a su madre y corrió hacia el baño, lista para convertirse en la novia más hermosa de Los Ángeles. No sabía que cada paso que daba hacia ese altar la alejaba más de su inocencia y la acercaba al hombre que destruiría su corazón en mil pedazos.






