La Joven Dulce, Murio.

—¡Ana, escúchame! ¡Esto no es lo que parece! —gritó Diego, intentando dar un paso hacia ella y estirando su mano para tocarla.

  ​Ana Luisa retrocedió como si el contacto con él pudiera quemarla. Sus ojos, antes llenos de ternura, ahora eran dos cuchillos fríos clavados en el rostro de su prometido.

  ​—¡No me toques! —sentenció ella. Su voz no tembló, y ese fue el primer signo de la transformación que estaba ocurriendo en su interior.

  ​La mujer desconocida sollozó, apretando más a la niña contra su pecho. No estaba allí por odio a Ana Luisa, sino por justicia para su hija.

  ​—¿Qué no es lo que parece, Diego? —dijo la mujer, enfrentándolo—. ¿Vas a negar que naciste en un pueblo donde todos te conocen? ¿Vas a negar que tus padres, unos humildes campesinos a los que te avergüenza llamar "familia", se sacrificaron para que estudiaras y nunca más volviste a verlos?

  ​Un murmullo de asco recorrió las bancas de la catedral. Los amigos de la familia Versalles, la crema y nata de Los Ángeles, miraban a Diego como si fuera un insecto.

  ​—Él no es un arquitecto de la alta sociedad —continuó la mujer, inventó una vida de lujos para engañar a personas como ustedes. Todo lo que tiene, la ropa que lleva, hasta el coche que conduce... todo lo ha pagado con mentiras y con el dinero de las mujeres que ha estafado antes, a él solo le importa su dinero señorita. 

  Ana Luisa no quiso escuchar mas, corrió por las escaleras de mármol, esquivando a los fotógrafos y a los curiosos que se amontonaban afuera. Sus tacones golpeaban el pavimento con un ritmo frenético mientras se alejaba de la iglesia, de su familia y de la humillación.

  ​No sabía a dónde iba, solo quería que el aire le limpiara el rastro de los besos mentirosos de Diego.

  ​Corrió varias calles, ignorando cómo el velo se enganchaba en las ramas de los arbustos y cómo la gente se detenía en las aceras para ver pasar a una novia desesperada en pleno medio día. El sudor empezó a perlar su frente y el aire le quemaba los pulmones, pero el dolor físico era nada comparado con el vacío en su pecho.

  ​Finalmente, sus fuerzas se agotaron. Al llegar a una pequeña plaza desierta, sus piernas flaquearon y Ana Luisa se desplomó.

  ​Cayó de rodillas sobre el suelo duro. El vestido de miles de dólares, esa obra de arte de seda y encaje francés, se arrastró por la tierra y el polvo, manchándose de un gris sucio. A ella no le importó. Se quedó allí, pequeña y rota en medio de tanto blanco.

  ​Fue entonces cuando el muro de orgullo que había construido en el altar se derrumbó.

  ​—¡No! —sollozó, apretando los puños contra el suelo hasta que los nudillos le dolieron.

  ​Un llanto desgarrador brotó de lo más profundo de su ser. Sus hombros se sacudían violentamente mientras las lágrimas caían sobre la seda del corpiño. Lloró con la cara hundida en sus manos, dejando que el rímel manchara sus dedos y que el dolor la consumiera por completo.

  ​Lloró por la joven dulce que se despertó esa mañana bailando de alegría. Lloró por la abogada que creía tener el control de su vida y que fue engañada como una principiante. Pero, sobre todo, lloró por el asco de haberse entregado a un hombre que solo veía en ella una cifra de dinero.

  ​Bajo el sol ardiente de las doce del día, Ana Luisa Versalles se despidió de su inocencia. Sus lágrimas no eran solo de tristeza; eran el bautismo de la mujer en la que estaba a punto de convertirse.

 Un año después...

 ​El sonido de unos tacones altos golpeando el mármol del juzgado de Los Ángeles resonaba con una autoridad fría. Ana Luisa Versalles caminaba por el pasillo con la espalda recta y la mirada fija al frente.

 ​Ya no quedaba ni un rastro de la joven dulce que un año atrás lloraba vestida de novia en una plaza. Ahora, su cabello negro estaba recogido en un moño perfecto y vestía un traje de sastre gris oscuro que gritaba poder. Su rostro, antes lleno de sonrisas, ahora era una máscara de seriedad absoluta.

 ​Se había convertido en una mujer seca, eficiente y, sobre todo, letal en la corte.

 ​—¿Estás lista, Elena? —le preguntó a su cliente, una madre joven que temblaba de nervios a su lado.

 ​—Tengo miedo, abogada. Ese hombre me engañó, me hizo firmar papeles que no entendía para quitarme mi casa...

 ​Ana Luisa se detuvo y miró a la mujer. No hubo un abrazo, ni palabras dulces, solo una seguridad que cortaba el aire.

 ​—Nadie más va a engañarte. Mientras yo esté aquí, ese hombre no te quitará ni un ladrillo. Vamos a entrar.

 ​Para Ana Luisa, este era un caso más de justicia contra hombres mentirosos, una especialidad que había pulido desde su propia traición. Sin embargo, al abrir las puertas de la sala de audiencias, el aire pareció volverse más pesado.

 ​Sentado en la mesa de la defensa, revisando unos documentos con una calma desesperante, estaba él.

 ​Mauricio De La Hoz.

 ​Ana Luisa se tensó por un milisegundo, pero recuperó el control de inmediato. Conocía ese nombre. En el mundo legal de California, Mauricio era una leyenda. Atractivo, de hombros anchos y una presencia varonil que intimidaba a cualquiera, Mauricio era el abogado que nunca perdía. Se decía que tenía un corazón de piedra y una mente de tiburón.

 ​Él levantó la vista y sus ojos oscuros chocaron con los de Ana Luisa. No hubo una sonrisa de cortesía, solo un escaneo rápido que la hizo sentir como si estuviera frente a un depredador.

 ​Mauricio cerró su carpeta lentamente y se puso de pie, ajustándose el saco de su traje de diseñador. Su altura y su porte llenaban la sala.

 ​—Así que usted es la famosa Ana Luisa Versalles —dijo él, con una voz profunda que vibró en el pecho de Ana Luisa—. He oído que es implacable con los hombres.

 ​Ana Luisa sostuvo la mirada sin pestañear.

 ​—Y yo he oído que usted no sabe lo que es perder, licenciado De La Hoz —respondió ella con voz gélida—. Prepárese, porque hoy va a aprender una lección nueva.

 ​Mauricio arqueó una ceja, intrigado por la frialdad de la mujer que tenía enfrente. Había escuchado la historia de la novia fugitiva, pero la mujer que veía ahora no parecía alguien que pudiera romperse.

 ​La batalla legal estaba a punto de comenzar, pero lo que Ana Luisa no sabía era que Mauricio no era como Diego. Él no buscaba su dinero, buscaba algo mucho más difícil de conseguir: derrotar a la mujer que había jurado no volver a sentir nada por nadie.

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