No Puedo Olvidar El Dolor.

Esa noche, el silencio de la mansión Versalles se sentía más pesado que nunca. Ana Luisa entró en su habitación y, sin siquiera encender las luces, dejó caer su maletín al suelo. Se sentía agotada, pero no era el cansancio físico de un día de trabajo; era el peso de la derrota y el ardor de la bofetada que aún sentía en la palma de su mano.

  ​Se tiró en la cama, todavía vestida con su traje sastre, y clavó la vista en el techo oscuro. Intentó pensar en leyes, en apelaciones, en la cara de suficiencia de Mauricio De La Hoz, pero su mente, traicionera y herida, decidió llevarla a un lugar prohibido.

  ​De repente, el recuerdo de Diego regresó como una marea negra.

  ​Recordó la mañana de la boda, el olor de las flores blancas y la forma en que él la miraba mientras ella bailaba con su madre. Recordó cómo, durante dos años, Diego le había construido un mundo de cristal donde ella se sentía la mujer más afortunada del planeta.

  ​—"Eres lo más valioso que tengo, Ana Luisa" —le había dicho él una vez, bajo las estrellas.

  ​Ahora, esas palabras le sonaban a ceniza. En la oscuridad de su cuarto, Ana Luisa cerró los ojos con fuerza, apretando las sábanas. Recordó el momento exacto en la catedral cuando la máscara de Diego se rompió. No podía olvidar la frialdad en sus ojos cuando fue descubierto; no había amor, solo la rabia de un cazador que pierde a su presa.

  ​—Todo fue una mentira... —susurró ella para sí misma, sintiendo un nudo en la garganta.

  ​Lo que más le dolía no era haber perdido a Diego, sino haber perdido a la Ana Luisa que confiaba en la gente. Mauricio De La Hoz le recordaba demasiado a ese dolor. Mauricio era el tipo de hombre que Diego pretendía ser: brillante, poderoso, intocable. Y hoy, al perder contra él, Ana Luisa sentía que Diego le había ganado una vez más.

  La puerta de la habitación se abrió suavemente, dejando entrar un haz de luz del pasillo. Martina Versalles entró con la elegancia que la caracterizaba, vistiendo una bata de seda que susurraba a cada paso. Al ver a su hija tumbada en la oscuridad, suspiró con una mezcla de lástima y rigor.

  ​—Ana Luisa, no puedes quedarte aquí encerrada alimentando fantasmas —dijo Martina, encendiendo una de las lámparas de luz tenue de la mesita de noche.

  ​Ana Luisa se incorporó lentamente, pasándose una mano por el rostro para ocultar cualquier rastro de cansancio. Su madre se acercó y le extendió un sobre de papel grueso, de un color crema impecable y con un sello de cera dorado.

  ​—Llegó esto hace un momento —continuó Martina, dejando el sobre sobre la cama—. Es una invitación para un cóctel este sábado. Es en la residencia de los Blackwood. Estará toda la alta sociedad de Los Ángeles, y también los bufetes más importantes de la ciudad.

  ​Ana Luisa miró el sobre con desprecio. Los eventos sociales eran lo último que deseaba en ese momento.

  ​—No tengo ánimos para cócteles, mamá. Acabo de perder un caso importante y lo único que quiero es trabajar en la apelación.

  ​Martina se sentó en el borde de la cama y le tomó la mano con firmeza.

  ​—Precisamente por eso debes ir. Los Versalles no se esconden después de una derrota. Mañana todos estarán hablando de lo que pasó en el juzgado. Si te quedas aquí, pensarán que te vencieron. Pero si vas, con la cabeza en alto y ese vestido negro que te compré, les demostrarás que eres intocable.

  ​Ana Luisa guardó silencio. Su madre tenía razón en algo: en su mundo, la apariencia era la mejor armadura.

  ​—Gregorio ya confirmó nuestra asistencia —añadió Martina con una sonrisa triunfal—. No solo es por imagen, hija. Los socios del bufete estarán allí, y es una oportunidad perfecta para hacer nuevos contactos.

  ​—Está bien —dijo Ana Luisa con la voz gélida—. Iré. Pero no voy a socializar. No tengo animos para hipocresías.

 El sábado por la noche, la mansión de los Blackwood parecía sacada de un sueño, pero para Ana Luisa era un campo de batalla. Al bajar del coche, el aire fresco de Los Ángeles le rozó el rostro. Vestía un diseño de seda negro, ceñido al cuerpo y con un escote elegante que resaltaba su figura. Su cabello negro iba recogido en una coleta alta y tirante, dándole un aire de reina guerrera.

 ​—Cabeza en alto, Ana Luisa —le susurró Gregorio mientras entraban al gran salón iluminado por enormes lámparas de cristal.

 ​El murmullo de las conversaciones y el tintineo de las copas de champán llenaban el lugar. Ana Luisa caminaba con una seguridad gélida, saludando con la cortesía justa, hasta que su mirada, casi por instinto, buscó un punto específico en el salón.

 ​Allí estaba él.

 ​Mauricio De La Hoz era el centro de atención, como siempre. Estaba rodeado de un grupo de mujeres que reían ante cualquier cosa que él dijera. Vestía un esmoquin que parecía esculpido sobre su cuerpo, resaltando su porte varonil y su altura. Sostenía una copa en una mano, mientras con la otra gesticulaba con una confianza que a Ana Luisa le revolvió el estómago.

 ​De repente, como si sintiera una presencia eléctrica, Mauricio giró la cabeza.

 ​Sus ojos oscuros chocaron directamente con los café de Ana Luisa. Fue un impacto inmediato. Mauricio dejó de sonreír a las mujeres que lo rodeaban y clavó su vista en ella con una intensidad depredadora. No apartó la mirada; al contrario, la recorrió de arriba abajo con una lentitud descarada, reconociendo la belleza de la mujer que, días atrás, le había cruzado la cara con una bofetada.

 ​Ana Luisa tampoco bajó la vista. Sostuvo el desafío con los ojos encendidos de rabia y orgullo. Para ella, él representaba la arrogancia que quería destruir; para él, ella era el enigma más fascinante que había encontrado en años.

 ​El grupo de mujeres que rodeaba a Mauricio notó el cambio en su energía. Una de ellas le tocó el brazo para recuperar su atención, pero él ni siquiera la miró. Sus ojos seguían fijos en Ana Luisa, con una media sonrisa empezando a dibujarse en sus labios, una que decía: "Te estaba esperando".

 ​Ana Luisa apretó con fuerza el tallo de su copa de cristal. El duelo no se había quedado en el juzgado ni en aquel baño; la verdadera guerra estaba empezando en medio de ese salón lleno de lujos.

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