—¡Aaaaaa! —solté un fuerte grito, mientras caminaba descalza por la carretera. En verdad que todo esto de los hombres lobo y de mi supuesto compañero me estaba llevando hasta el límite.
Mi vida aburrida se había convertido en un cuento de fantasía.
—¡Circe, sube al auto! —ordenó Edon, quien me seguía con su auto.
—¡No! —me negué
—Es una orden Circe.
—No sigo órdenes suyas.
—Te vas a poner en el plan de niña berrinchuda, entonces tendré que darte unas nalgadas.
—¡Que! No te atrevas a tocarme.