Mundo ficciónIniciar sesiónNikolai apretó la mandíbula con tanta fuerza que se le marcaron los tendones del cuello. La mujer a su lado notó el cambio y frunció el ceño, pero él ni siquiera la miró.
Todo su mundo se había reducido a la pelirroja que acababa de entrar del brazo de otro.
Anastasya se acercó a su hermano con una elegancia mortal, llegando al otro lado de la sala, pero después se giró y desapareció entre la multitud, dejando a Nikolai con los puños cerrados, observó el lugar por donde Anastasya había desaparecido.
Su expresión era fría y peligrosa, una que incluso los hombres más duros a su alrededor dieron un paso atrás.
—¿Nik? ¿A dónde vas...? —preguntó la chica pero él se liberó de su agarre, siguiendo a la pelirroja.
*
Anastasya apenas había entrado en la oficina del Pakhan de Sirényevaya, con quien había colaborado y ahora tenía una reunión, cuando una mano grande la empujó contra la pared detrás de ella. Un cuerpo masculino la atrapó por completo, cortándole cualquier posible escape y cuando alzó la mirada se encontró con los orbes fulminantes de Nikolai.
—¿Creíste que podías entrar así? —gruñó contra su oído, con la voz baja, fría y cargada de una furia letal—. ¿Del brazo de tu perro sin que yo me volviera loco, Krasávitsa?
Anastasya intentó moverse pero él ya le había atrapado ambas muñecas con una sola mano y las había clavado sobre su cabeza. El otro brazo la sujetaba por la cintura con una fuerza posesiva que no dejaba espacio ni para respirar.
El pecho de él presionaba el de ella y la dureza de su erección se clavaba sin vergüenza contra su vientre. El deseo era explícito, salvaje... pero la rabia era aún más fuerte.
—¿Otra vez en esta situación? Comienzas a aburrirme, Volkov —siseó ella—. Ya suéltame.
—No.
Nikolai bajó la cabeza hasta que sus labios rozaron la comisura de los de ella.
—Llevas semanas desaparecida. Sin una jodida palabra. Y ahora apareces aquí, dejándote tocar por otro hombre delante de mí. Te aseguro que no volverá a ver el maldito amanecer y después de eso te obligaré a ver como lo destruyo por como le permitiste que te tocara.
—No te debo nada.
—Te equivocas —la acorraló contra la pared, atrapando su mandíbula—. Me perteneces. Y esta noche te haré recordarlo en mi cama, hasta que olvides que alguien más se atrevió a tocarte como solo yo puedo hacerlo.
De pronto, un ruido sutil se escuchó a su espalda.
Arkady había aparecido y ahora apuntaba a la nuca de Nikolai.
—Suéltala —ordenó con voz tensa.
Nikolai no se inmutó.
Ni siquiera giró la cabeza de inmediato.
Solo soltó una risa baja, amenazante... y entonces se movió.
Con una velocidad entrenada, soltó una de las muñecas de Anastasya, su codo impactó contra la nariz de Arkady y este gimió, Nikolai giró sobre su pie, tomando la muñeca de Arkady y se la retorció con fuerza, haciendo crujir su hueso.
El arma cayó al suelo.
En el mismo movimiento, Nikolai empujó a Arkady contra el escritorio de la oficina y le clavó el antebrazo en la garganta, cortándole la respiración.
—Tu perro es predecible, Krasávitsa —dijo con voz mortalmente calmada, sin siquiera mirar a Arkady, cuyos ojos empezaban a ponerse vidriosos por la falta de aire—. Y tú... tú sigues siendo mía, aunque te empeñes en negarlo.
Anastasya respiraba agitada, sorprendida por la rapidez del hombre.
La tensión entre ellos era asfixiante incluso mientras él asfixiaba a su segundo al mando a menos de un metro de ella.
—Suéltalo —ordenó ella, saliendo de su estupor.
Nikolai inclinó la cabeza, mirándola con orbes oscurecidos por celos y lujuria.
Apretó un segundo más el antebrazo contra la garganta de Arkady, aplicando una presión que sabía manejar, una técnica de sumisión militar diseñada para cortar el flujo de sangre al cerebro en cuestión de segundos, sin necesidad de fracturar la tráquea.
Arkady dejó de luchar de golpe.
Sus brazos cayeron flácidos a los lados y su cuerpo se desplomó.
El corazón de Anastasya se detuvo por un instante ante el horror y la sorpresa.
—¡No! —el grito se le desgarró en la garganta.
El estupor se transformó en una histeria ciega. Olvidándose de la compostura se arrojó al suelo junto al cuerpo de Arkady y le tomó el rostro, golpeando sus mejillas con desesperación.
—¡Arkady! Mírame, por favor. Abre los ojos —su voz se quebró, inundada por el pánico—. ¡¿Cómo te atreves hacerle esto a él?!
Se giró hacia Nikolai, lista para atacarlo por la culpa de haber provocado esa escena pero en los ojos de él no había remordimiento, solo una fría y posesiva expresión enojada.
Dio una zancada para llegar a ella y levantarla del suelo, presionando su cuerpo completo contra el de Anastasya, dejando que sintiera exactamente cuánto la deseaba incluso ahora.
—Controla tu histeria, Anastasya —dijo él con un tono carente de emoción—. Si hubiera querido matarlo, su cuello ya habría crujido. Despertará en un par de minutos con un terrible dolor de cabeza.
Él la tomó del mentón, obligándola a levantar la mirada del cuerpo inerte de Arkady para que lo viera solo a él.
—Escúchame bien —susurró contra sus labios—. Tú vas a escuchar cada puta palabra que te diga. Porque si vuelves a tocar a otro hombre delante de mí...
Apretó más las caderas contra las de ella.
—...te voy a follar contra esta misma pared hasta que se te olvide el nombre de cualquier otro.
Anastasya lo miró aturdida.
En él ya no quedaba ni una pizca del hombre que semanas atrás había dejado. Solo quedaba un depredador mortal.
Pero aún así, ella no estaba dispuesta a caer en sus garras otra vez.
—No soy tu posesión, Nikolai —empujó su pecho—. Puedo elegir y no eres tú al que quiero.
—Lo cierto es que... tendrás que hacerlo porque esta vez te has metido en una muy grande y la única persona capaz de salvarte, soy yo.
—No digas estupideces, yo no...
Con una mano libre, sacó un dispositivo móvil de grado militar y le mostró la pantalla a Nastya.
—Sé que eres el hacker más brillante del continente, Krasávitsa —siseó él—. Por eso sé que sabías perfectamente que las cuentas fantasmas donde escondiste el dinero de la mafia Súmeretschnaya eran una trampa. También sé que usaste tres servidores espejo para desviar el rastreo real directamente hacia los fondos privados del Pakhan de la mafia Bagróvaya. Una jugada maestra para que ellos se destruyeran entre sí.
Anastasya contuvo el aliento, sus ojos se abrieron con genuina sorpresa. Nadie, absolutamente nadie, debía haber sido capaz de descifrar ese complejo entramado de códigos.
—Un plan perfecto —continuó Nikolai, deslizando el dedo por la pantalla—. Salvo por un detalle. El Pakhan, aunque es un idiota informático, me pidió los servicios que solícitamente ofrecí.
—Tú...
—Resulta que usé un software de reconocimiento de patrones analógicos. Tú limpiaste tus huellas digitales... menos una. Tu forma de escribir código —dijo poniendo un mechón de su cabello detrás de su oreja, mientras una sonrisa lobuna se dibujaba en sus labios.
Anastasya apretó los dientes furiosa.
—En este instante el Pakhan está esperando mi respuesta, está a minutos de mandar a cazar a la mujer que se atrevió a hackearlo para empezar una guerra. Puede que no te asuste eso pero ¿qué pensarán de ti el resto de las mafias cuando se enteren de lo que hiciste, Krasávitsa?
—¡Hijo de...!
—Estás acorralada y casi con una orden de ejecución sobre tu cabeza. Yo soy el único que puede borrar tu rastro y darte inmunidad ante el Sindicato. Pero no soy un alma caritativa, como entenderás.
—¿Qué es lo que quieres? ¿Que sea tu amante de nuevo?
Sus ojos brillaron con satisfacción insana.
—Solo exijo un único pago, Anastasya. Cásate conmigo. Ahora.







