Capítulo 2

La luz blanca hizo que sus ojos dolieran. Intentó incorporarse y un tirón brutal en el bajo vientre la dejó sin aliento.

—No se mueva.

Anastasya giró la cabeza hacia la enfermera que se acercó y revisó el suero. 

—¿Mi bebé? ¿Qué le pasó a mi bebé? ¿Está bien? ¡Respóndeme! —gritó finalmente al ver que no recibía respuestas.

—Voy a llamar al doctor.

La mujer evitó su mirada y salió de la habitación, cualquier sensación que hubiera experimentado, rápidamente fue reemplazada por el miedo brutal, un par de minutos después el médico entró, mirándola con un semblante serio.

Su pecho subía y bajaba rápidamente, comenzando a hiperventilar.

—Señora Alexandrova...

—Dígalo, ¡hable!

—El impacto provocó un desprendimiento. No pudimos salvar su embarazo.

Anastasya se quedó congelada, como si sus emociones se hubieran apagado de repente.

El zumbido en sus oídos ahogó el resto de las palabras.

Por un momento Anastasya no gritó. 

No lloró. 

Solo se quedó mirando hacia el frente, con la mandíbula apretada.

"No, esto no es posible, esto..."

—Me voy.

—No es lo conveniente, no aún señorita, debemos...

Anastasya cerró los ojos un momento.

—¿Quién me trajo?

La enfermera intercambió una mirada con el médico.

—Un hombre, asegura ser su prometido.

Anastasya soltó una risa corta, amarga.

"¿Prometido?"

En ese momento todo lo que quería hacer era matar a Nikolai con sus propias manos, hacerlo pagar a él y a Bárbara, vengarse.

—Díganle que pase.

Se quedó sola cuando salieron, el silencio de la habitación se volvió ensordecedor.

Pero cuando "su prometido" entró, no era Nikolai como esperaba.

"Por supuesto que él no vino. ¿Para qué iba a venir?" Pensó con amargura. "De todas maneras, ¿qué hubiera hecho si Nikolai entraba por esa puerta?"

Lo odiaba.

La rabia dentro de ella era algo que nunca antes había sentido de aquella manera, quería vengarse por lo que había pasado con su hijo, quería...

—Mentí para que me dejaran pasar, Avtoritetsha —dijo el hombre al entrar—. Nadie sabe que está aquí, me aseguré de que nadie pudiera rastrearla hasta este lugar.

Anastasya apenas lo miró.

—Consígueme el alta. Ahora.

*

Cuando llegó a su mansión, se encerró en su habitación y se apoyó contra la puerta, deslizándose hasta el suelo, con la espalda contra la madera. 

Abrazó sus rodillas y cerró los ojos, se llevó la mano al vientre y la retiró enseguida, el vacío en su vientre era real, tangible. 

Apretó los dientes hasta sentir el sabor metálico en la boca.

—Lo siento tanto, mi amor —susurró a un niño que nunca tendría en los brazos y entonces lloró al fin.

Se odiaba por haber bajado la guardia. Por haber creído, aunque fuera solo un momento, que alguien la quería de verdad. Que ese hombre había visto algo más en ella que un cuerpo o un apellido. Y resultó que solo era un juego, otra decepción.

—¡Ah!

En un ataque de ira, aún con el cuerpo tembloroso, Anastasya arrojó la lámpara contra el vidrio de su espejo que terminó hecho añicos en el suelo, pero aquel sentimiento agonizante no desaparecía.

Las lágrimas caían por su rostro mientras destrozaba todo a su alrededor hasta que de pronto sintió que no podía más y se sentó sobre su cama.

No supo por cuánto tiempo estuvo así pero sus lágrimas se habían secado cuando un sonido en la ventana le hizo girar la cabeza.

Nikolai estaba allí.

Alto, imponente, con el cabello platinado ligeramente desordenado y la mandíbula tensa. Sus ojos azul grisáceo la recorrieron de arriba abajo y cada parte de su cuerpo pareció ponerse rígida, sus nudillos estaban blancos, ni siquiera miró el caos a su alrededor, no podía apartar los ojos de ella.

Anastasya lo miró con frialdad absoluta.

No gritó. 

No lo insultó. 

Solo sostuvo su mirada en silencio, sintiendo cómo la rabia le tensaba el vientre y apretó las sábanas con sus dedos para después hablar con una voz baja y cortante, una demasiado peligrosa.

—Sal de aquí.

Nikolai dio un paso adelante.

—Llevo horas buscándote.

"¡Hipócrita! ¡Mentiroso!"

El peso de su presencia la irritaba. 

Odiaba que todavía la afectara, odiaba más aún el impulso de querer hacerle daño y...

—Dije que salgas —siseó.

Él se detuvo. 

Su expresión se endureció y la miró en silencio durante unos segundos que se sintieron eternos, como si estuviera evaluando hasta dónde estaba dispuesta a llegar.

Anastasya deslizó su mano por la cama y sintió el metal frío bajo la almohada.

Sostuvo su mirada sin parpadear, aunque por dentro estaba completamente rota.

—No me voy a ir, si quieres que no me acerque a ti, no lo haré, pero tenemos que hablar.

En un movimiento rápido, ella sacó su arma debajo de su almohada e intentó dispararle pero él fue mucho más rápido y en un segundo estaba sobre ella, haciendo que el arma apuntara al techo y sus cuerpos estuvieran a una distancia mínima.

El peso de Nikolai la empujó contra el colchón. 

Su mano grande y caliente aprisionó su muñeca, manteniendo el arma lejos de ambos, mientras su otro brazo se apoyaba junto a su cabeza, cerniéndose sobre ella como una jaula de músculo y calor.

Anastasya pudo sentir el pecho amplio de él rozando el suyo con cada inhalación y por un momento no se movió. El aroma masculino de Nikolai invadió sus sentidos. 

Sus ojos azules, tan claros y fríos como el hielo se mantuvieron clavados en los de ella, oscurecidos por una mezcla de rabia, preocupación y algo mucho más primitivo.

—Dejarás de intentar matarme y me escucharás ahora, Anastasya —dijo casi rozando sus labios—. No hay ningún lugar en donde puedas permanecer para siempre oculta de mí, tarde o temprano te encontraré. Nunca me dejarás, no porque no puedas... sino porque yo no te voy a soltar.

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