Mundo ficciónIniciar sesiónEl peso de Nikolai seguía sobre ella, estaba atrapada entre sus brazos y el calor de su cuerpo era insoportable para Anastasya, su pecho subía y bajaba con rapidez, no solo por el forcejeo.
—¿Estás bien? ¿No te pasó nada en el accidente? ¿En qué clínica estuviste...?
"Él no sabe lo que pasó conmigo... y quizás eso sea lo mejor."
Una idea se clavó en su mente con claridad.
Nikolai no tenía idea de que había perdido al bebé porque no pudo hablar con los médicos que la atendieron, no sabía del vacío que ahora llevaba dentro. Y de momento, prefería que siguiera así.
Si él desconocía esa herida, ella podía usarlo para vengarse.
La rabia seguía allí en su interior, densa y venenosa.
Quería hacerlo pagar, que sintiera siquiera una fracción de la humillación y el dolor que ella había experimentado al escucharlo en silencio mientras Bárbara la destrozaba y peor aún, que por esa distracción había perdido a su hijo.
Quería destruirlo.
A él y a Bárbara.
Pero todo sería en su momento.
Su expresión era fría, casi indiferente.
—¿No entiendes lo que significa "sal de aquí"? —preguntó por medio de un siseo—. Quítate de encima.
Anastasya sintió el aliento caliente de Nikolai contra sus labios, el roce casi involuntario de su nariz con la de ella, la forma en que sus pupilas se dilataban al mirarla.
—Anastasya, dime.
—No te importa.
Él pareció querer hablar pero ella no lo dejó, alzó una rodilla queriendo golpearlo en la entrepierna para quitárselo de encima, sin embargo, Nikolai manteniendo una mano en su muñeca, con la otra tomó su pierna y la enrolló alrededor de su cintura, obligándola a sentir la dureza del cuerpo masculino contra el suyo.
—¡Suéltame!
Nikolai no se movió de inmediato.
Sus ojos la estudiaban con intensidad como si pudiera ver a través de ella.
—Necesitamos hablar.
—No hay nada de qué hablar.
—Sí lo hay —insistió él—. Escuchaste algo que no debías y ahora estás sacando conclusiones.
Anastasya soltó una risa corta, amarga.
—¿Conclusiones? Estabas dejando que Bárbara te tocara mientras hablaba de mí como si fuera basura. Y tú te quedaste callado, no necesito tus excusas patéticas.
Nikolai apretó la mandíbula.
—No era lo que parecía.
—Claro que no —replicó ella con sarcasmo—. Siempre hay un motivo.
Él respiró hondo, intentando controlar la frustración.
—Si me escucharas...
Esta vez no estuvo preparado.
Nastya alzó la rodilla izquierda con precisión y lo golpeó directamente en el miembro. El impacto fue potente y perfectamente calculado.
Nikolai soltó un gruñido ahogado, el aire abandonó sus pulmones de golpe.
—Maldita sea.
Su agarre se aflojó por un segundo.
Eso fue suficiente para que Anastasya girara con agilidad, en un movimiento fluido y letal, sus dedos encontraron la empuñadura fría escondida bajo la otra almohada, pronto sacó el cuchillo y empujó con fuerza al hombre, tomándolo desprevenido.
Nikolai cayó de espaldas sobre el colchón y ella se subió a horcajadas sobre él, aún sosteniendo la empuñadura del cuchillo presionando contra la piel sensible de su cuello. El filo contra su garganta fue lo único que le impidió moverse. Una delgada línea de sangre enseguida empezó a formarse.
Sus muslos se apretaron en los costados de él.
Su vestido se arremolinó en sus muslos y su cabello cayó a los lados de la cabeza de Nikolai. Sus ojos verdes brillaron con una frialdad asesina, al mismo tiempo que la mandíbula de Nikolai se tensó por el dolor, pero no intentó quitársela de encima.
Sus manos grandes se quedaron a los lados, abiertas, como si la desafiara a que terminara lo que había empezado.
Ninguno apartó la mirada. El calor de sus cuerpos aún se sentía a través de la ropa.
El cuchillo se mantuvo firme contra su cuello como una amenaza latente.
—¿Cuántas malditas armas tienes aquí? —preguntó él con voz ronca, casi divertida a pesar de la situación.
Anastasya inclinó la cabeza acortando la distancia entre sus labios aunque no lo tocó. Nikolai siguió su movimiento con sus ojos y tragó saliva.
El filo del cuchillo se hundió un milímetro más, lo que causó que una gota de sangre resbalara por la piel blanquecina del hombre.
—Las que necesite —siseó con los ojos entrecerrados—. Y créeme, Nikolai... esta ni siquiera es la peor forma en la que puedo matarte.







