Dylan frunció apenas el ceño; una punzada extraña le cruzó por dentro. Se masajeó la sien, empujó hacia abajo esa sensación de desajuste y dijo:
—La sesión del consejo no puede empezar tarde.
Mía se incorporó aún envuelta en la sábana; con la punta de los dedos dibujó círculos en su espalda.
—Entonces… ¿vuelves temprano hoy?
El rubor satisfecho le avivaba las mejillas; en los ojos, sin embargo, le brilló un cálculo frío. Apenas Dylan salió, Mía tomó el celular y llamó a Clara.
—Te lo dije —la vo