Al segundo día de que Aitana salió del país, Mía no esperó más: ordenó a las empleadas cambiar todas las cortinas y alfombras por las de su gusto.
Al atardecer, Dylan cruzó la puerta y frunció el ceño. Un par de trabajadores cargaba el escritorio de caoba del despacho de Aitana; encima iban su pluma favorita y varios libros subrayados.
—¿Qué están haciendo?
La voz baja, cortante, dejó al salón en silencio.
—Señor… —balbuceó una de las empleadas—, la señorita Mía dijo que aquí entra mucha luz y q