Capítulo 8
Al segundo día de que Aitana salió del país, Mía no esperó más: ordenó a las empleadas cambiar todas las cortinas y alfombras por las de su gusto.

Al atardecer, Dylan cruzó la puerta y frunció el ceño. Un par de trabajadores cargaba el escritorio de caoba del despacho de Aitana; encima iban su pluma favorita y varios libros subrayados.

—¿Qué están haciendo?

La voz baja, cortante, dejó al salón en silencio.

—Señor… —balbuceó una de las empleadas—, la señorita Mía dijo que aquí entra mucha luz y q
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