La puerta de la casa en las afueras se abrió por fin.
Leonardo salió tambaleándose. A la luz de la luna, Aitana vio su cara deslavada, la mano apretada sobre el vientre; la sangre se filtraba entre los dedos y le había vuelto roja la camisa blanca.
—¿Estás herido? —la voz de Aitana le tembló; estiró la mano para sostenerlo.
Leonardo le sujetó la muñeca de golpe.
—¿Quién te trajo? —gruñó, ronco.
Aitana evitó su mirada. No explicó nada.
—Vete a curarte. A Dylan lo arreglo yo.
Leonardo tiró de ella