Él, usualmente, no asistiría a una invitación como esa, pero la familia De Jesús era diferente. La cortesía obligaba.
Fernando no dudó ni un segundo, y cuando la vio, la siguió instintivamente. La mujer que había visto de espaldas le resultaba extrañamente familiar, pero tan pronto como intentó acercarse, ella desapareció entre la multitud, despareciendo de su vista. No podía ser Daisy, pensó. No era tan astuta como esa mujer.
—¿Qué pasa aquí? —murmuró Fernando, confundido, mientras se retiraba