Carraspeó y preguntó con voz grave:
—¿Quién es?
—La señorita Mero y su madre.
La luz en su mirada se apagó de golpe, como una vela a la que le soplan de pronto.
—No las recibas.
Pasó la noche esperando, pero la persona que deseaba ver no apareció. Fernando se plantó frente al ventanal que daba a la puerta principal y encendió un cigarrillo. Entre las volutas de humo, se dibujó una sonrisa amarga.
—¿Qué se supone que estoy haciendo?
***
Daisy, por su parte, quería ir esa misma noche a ver en secr