Mientras Daisy se acercaba paso a paso, Frigg, aterrada, se olvidó hasta de la rata que seguía aferrada a su cuerpo.
Miraba a Daisy con verdadero pánico, dándose cuenta de que aquello le infundía incluso más terror que el roedor.
—¿Quién demonios eres tú…? —Fue imposible disimular el temblor en su voz.
Daisy colocó el pie en el pecho de Frigg y presionó con fuerza.
—¿No sabes ni quién soy y aun así me has estado buscando problemas una y otra vez? Dime, Frigg, ¿debo llamarte valiente o estúpida?