Al ver que era Daisy, Frigg se quedó helada por unos segundos, hasta que por fin reaccionó:
—¡Daisy! ¡Eres tú!
Como una fiera, Frigg se abalanzó sobre ella. Jamás habría imaginado que la persona que la había secuestrado fuera Daisy.
—Sí, soy yo. Después de arrojarme tanta basura encima, acusándome de secuestrarte, ¿qué menos podía hacer? Mejor lo hago realidad, porque mientras más lo pensaba, más sentía que estaba perdiendo mi tiempo.
Daisy no se apartó del lugar ni un milímetro, pero Frigg no l