Era el mismo hombre de la barba cerrada, ese al que Daisy había dejado inmóvil antes. Era corpulento, de actitud fanfarrona, y ahora se mostraba como si nada hubiera pasado. Cruzado de brazos, se plantó delante de ella.
—Señorita La Torre, ¿qué tal si jugamos un juego?
Daisy entornó la mirada.
—Libera a Blanca y estoy dispuesta a cualquier cosa.
—Vaya, es usted muy generosa. Pero la señorita Suárez se queda. Toda función necesita un público, ¿no crees? —comentó él con un matiz retorcido en la so