La bala salió con un estruendo. Daisy giró la cabeza en una fracción de segundo. Si hubiera reaccionado un instante más tarde, habría sido el fin.
Cualquier otra persona, incluso con buenos reflejos, habría caído ante ese disparo. Pero Daisy no era cualquiera.
El barbudo no se detuvo: jaló el gatillo por segunda vez, apuntando directo al pecho de Daisy. Ella no tuvo margen para esquivar. Entonces, una fuerza enorme la empujó a un lado, salvándola en el último instante. El que había llegado a tie