Delante de ella se abría un abismo imposible de medir. En otras circunstancias, con un solo empujón habría terminado hecha pedazos, pero Daisy logró aferrarse a su entrenamiento. En el instante mismo en que notó la fuerza que la empujaba, se impulsó y giró en el aire, logrando esquivar la caída y colocándose de nuevo a salvo.
—Nada mal. Veo que no has dejado de entrenar.
La voz provenía de Ginesa, cuyos labios se curvaron primero en una leve sonrisa de aprobación para transformarse enseguida en