La mansión Winchester, esa noche, era un organismo vivo que respiraba opulencia y poder. Desde las altísimas puertas de roble tallado hasta los candelabros de cristal de Bohemia que llovían luz sobre la escalinata de mármol, cada detalle gritaba la inconmensurable fortuna e influencia del clan. Limusinas negras se deslizaban como insectos blindados hacia la entrada, escupiendo a hombres con trajes impecables y mujeres que eran obras de arte vivientes, con sus vestidos destellando bajo la luz co