El eco de la confesión de Beatriz aún resonaba en los oídos de Olivia, siendo un veneno que le helaba la sangre mientras caminaba con paso firme por el pasillo, alejándose de la escena del crimen familiar. Cada latido de su corazón parecía gritar "asesina", y la visión de la pulsera de su abuela en la muñeca de Beatriz era una profanación que le quemaba la retina.
Justo cuando llegaba a la puerta de su oficina, sintiendo el peso de una fatiga que no era física, sino del alma, su teléfono vibró