El Bentley negro continuó su deriva urbana, navegando las arterias de la ciudad como un barco fantasma. Dentro, el mundo se había reducido al espacio compartido entre Lion y Olivia, a la calidez de su abrazo y al eco sordo del dolor que lentamente comenzaba a ceder. El temblor de Olivia había amainado, reemplazado por un agotamiento profundo y una quietud frágil. Las lágrimas secas le brillaban en las mejillas como rastros de rocío sobre pétalos marchitos.
Lion no presionó. Permaneció a su lado