Tras la partida de Olivia, el salón de la casa familiar se sumió en un silencio espeso y cargado. Beatriz mantuvo la fachada de hija vulnerable y maltratada durante un par de horas más, alimentando el sesgo de su madre con susurros lastimeros y miradas llenas de una supuesta resignación. Cada lágrima calculada, cada temblor fingido, era un clavo más en el ataúd de la relación entre sus padres y Olivia. Finalmente, alegando un dolor de cabeza provocado por el "doloroso enfrentamiento", se retiró