El aire en la tienda de instrumentos se había vuelto pesado, irrespirable. Las palabras de Beatriz, ese susurro venenoso que solo Olivia había escuchado, colgaban entre ellas como un gas tóxico. Olivia sentía el pánico antiguo, el frío del suelo de concreto y la humedad de aquel cuarto oscuro, trepando por su espina dorsal. Apretó los puños hasta que los nudillos palidecieron, forcejando por no dejarse arrastrar de vuelta a ese abismo de impotencia.
A su lado, Lion era una estatua de furia cont