(Narra Olivia)
La oscuridad era absoluta, en la habitación. Extendí las manos frente a mí, pero no podía verlas. El aire olía a polvo y a madera encerada, como si la habitación hubiera sido sellada años atrás y nadie se hubiera atrevido a entrar desde entonces. Mi respiración sonaba demasiado fuerte en mis oídos, entrecortada, como si el miedo me hubiera robado el control de sus propios pulmones.
—No es aquel sótano clandestino. —Me repetí en un susurro. —Estás en tu casa. En la habitación de