El subsuelo del Pabellón de los Ecos se convirtió en un crisol de ingeniería de precisión y filosofía aplicada. Diseñar la «Cripta del Eco» era un problema de física pura con ramificaciones morales. No podía ser una simple caja fuerte. Tenía que ser un cancro acústico absoluto, un lugar donde la resonancia, el alma del peligroso conocimiento, fuera imposible.
Samuel dirigió el proyecto con una intensidad febril. Los planos iniciales mostraban una esfera de aleación de titanio suspendida dentro