Los ojos de Samuel se estrecharon, enfocados ahora en la puerta de su propia habitación. Los nanobots trazaron una trayectoria instantánea en su mente: el sonido provenía exactamente de enfrente, a cinco metros y medio de distancia. Un solo operativo. El elemento de sorpresa había cambiado de manos; el mercenario no sabía que su objetivo ya estaba despierto y era, en ese mismo instante, el depredador más peligroso de la mansión.
El código murió en sus labios. Ya no había tiempo para advertencia