El intruso no se inmutó al ver el arma. Su sonrisa fría se mantuvo, un gesto calculado que heló la sangre de Ethan.
—El Sr. Ethan Reed… —Dijo el hombre con una voz sorprendentemente educada, casi era un susurro. —Lamento la intrusión. Solo soy un mensajero.
—¿Un mensajero no llama a la puerta? —Ethan mantuvo el arma firme, aunque sentía cómo le temblaba levemente la mano.
—Algunos mensajes requieren... discreción. —Respondió el hombre, sin hacer ningún movimiento repentino. —La señorita Astor p