La luz de la mañana se filtraba por los altos ventanales del comedor de la mansión de Lion y Olivia Winchester, bañando la larga mesa de caoba en un cálido resplandor dorado. Olivia, envuelta en una suave bata de seda color champán, se llevaba una cucharada de yogur a los labios. El sabor era suave, fresco, pero no lograba disipar la sensación de irrealidad que la envolvía desde su regreso del hospital. A su lado, Lion, impecable con su traje de negocios, revisaba discretamente su teléfono con