La luz del mediodía se filtraba a través de las cortinas de seda del apartamento de Caleb, iluminando motas de polvo que danzaban en el aire quieto. Él yacía en el sofá, con la camisa arrugada, la corbata floja, y un vacío existencial anclado en el pecho. La botella de whisky en la mesa de centro estaba casi vacía, testigo mudo de una noche de angustia y una mañana de resaca moral. Encendió el televisor de plasma con el control remoto, buscando un ruido blanco que ahogara el zumbido de sus pens