Las puertas del ascensor se deslizaron en un silencio mortuorio, revelando el pasillo de la suite privada. El aire olía a antiséptico y a un lujo discreto y opresivo. Dos guardaespaldas de rostros impasibles, con trajes que no lograban ocultar el volumen de sus armas, custodiaban una puerta de roble macizo. Reconocieron a Caleb y, tras un breve intercambio de miradas con Andrés, quien asintió con solemnidad, le franquearon el paso.
Al abrir la puerta, la habitación se reveló como un espacio amp