—Entonces me quedo con tus palabras —dijo Gabriela, sonriendo.
Las dos se miraron con complicidad, y Marcela suspiró aliviada.
Hacía poco, en una videollamada, había notado que Gabriela había estado llorando. Sin embargo, ahora la veía tranquila, como si hubiera superado esa etapa dolorosa de su matrimonio.
Mientras tanto, los demás bailarines acababan de cambiarse de ropa y, entre risas y pláticas, se dirigieron en grupo al restaurante que Marcela había reservado.
Durante la comida, uno tras ot