Laura siguió a Álvaro hasta el auto. De pronto, se llevó la mano al bolsillo de su abrigo.
—Señor Saavedra, creo que dejé mi teléfono adentro.
Álvaro ya estaba sentado:
—Iré con Kian. No hace falta que vengas. Cuando encuentres tu celular, continúa tus días libres.
—De acuerdo, —asintió Laura con una leve inclinación de cabeza.
Se quedó observando cómo el vehículo salía de la finca y, solo entonces, regresó sobre sus pasos.
Dentro de la casa, Gabriela ya se había quitado el grueso abrigo y estab