Hasta ese momento, aunque Álvaro creyera que Gabriela esperaba el hijo de otro, siendo el hombre despiadado que era, matar un embrión le resultaría facilísimo. Y, sin embargo, no lo había hecho. Ni siquiera antes de su secuestro.
Es más, en algún momento había dado a entender que la dejaría marcharse.
Cualquier persona con dos dedos de frente veía que Álvaro no quería lastimar a Gabriela.
Pero Cristóbal, siempre tan lúcido, parecía incapaz de entender esto.
En su actitud había algo más, una aver