Al entrar al restaurante y sentarnos en una de las mesas, el tal Matteo empezó a platicar con Kat, dejándome de lado. Yo solo los observaba como un imbécil. No soy celoso, pero esta situación era incómoda y lo que más me molestaba era que Kat no había sido capaz de decirle que nosotros estábamos saliendo. Eso sí que me dolió.
— ¿No crees que es linda? — me preguntó Kat, mostrándome la foto de una niña de unos diez años.
Yo le sonreí forzadamente y asentí con la cabeza. Kat le devolvió el celula