cincuenta y dos domingos.
Anya cerró los ojos con suavidad, permitiéndose analizar la situación antes de tomar una decisión. Apoyó la espalda contra la madera de la silla y apretó los ojos, conteniendo un suspiro que no podía permitirse soltar.
Sus dedos temblaban alrededor del celular y la tarjeta que Edward le había entregado, tenerlos era tan tentador como peligroso.
Podía pedir ayuda, podía salir, podía escapar, pero no lo haría.
Abrió los ojos y marcó el número de emergencias en silencio, pero no presionó el botón