Promesas rotas.
La luz de la luna se filtraba por las cortinas de las ventanas, mientras Anya permanecía acostada con los trillizos cerca. Nadie volvió a molestarla hasta que, pasadas las ocho, una suave llamada en la puerta interrumpió el silencio.
—Señora Vanderbilt, la cena está servida. —Dijo la empleada con voz tímida, pero con la misma cortesía profesional que había tenido antes.
Anya no respondió, miró a sus hijos, aún dormidos, y los acomodó con delicadeza antes de cubrirlos con una mantita. Luego se l