Mi objeto más preciado.
La habitación estaba en penumbra.
Solo la lámpara de noche proyectaba un poco de luz sobre las sábanas blancas, donde los pequeños cuerpos de sus hijos dormían con la boca entreabierta y los puños cerrados.
Anya permanecía sentada en la esquina del sofá, abrazando sus rodillas, observándolos sin parpadear.
No se movía. Casi no respiraba, no podía dormir en esa casa, temía que al hacerlo, él se escabullera y la lastimara como en su noche de bodas.
Desde que se casó con él, pocas cosas la habían