La heredera de nadie.
Rondaban las tres de la madrugada y Stella aún no podía dormir.
Llevaba horas recostada en ese viejo sillón junto a la ventana, con las piernas cruzadas y el cigarro apagado entre los dedos. No lo encendía. No porque no quisiera fumar, sino porque el olor tardaba días en irse, y aquel departamento ya apestaba lo suficiente.
La tormenta golpeaba contra las ventanas del departamento, como si quisiera destruir ese lugar tanto como ella. Pero no podía darse el lujo de perder ese lugar, incluso si e