13. Narra Anastasia
El aire en el pequeño salón de mi apartamento se había vuelto irrespirable. La presencia de Maverick no solo ocupaba espacio físico; su energía, cargada de una posesividad oscura, parecía absorber el oxígeno. Yo estaba ahí, atrapada entre su cuerpo y la puerta, con la seda roja de mi vestido rozándome la piel como una advertencia de que la máscara de la secretaria nerd había dejado de funcionar.
—Tienes dos minutos —dijo él, ignorando mi alteración—. Baja conmigo. Mi chofer, Albert, tiene órden