Cuando los adoptó, Quinto insistió en conservar su apellido. Padre no lo obligó a cambiarlo.
Hasta ahora, Quinto alzó la mirada, sus ojos—antes cálidos—ahora llenos de veneno, como si quisiera despedazarme.
Al verme alejarme de él, Héctor apretó mi mano con más fuerza, una sonrisa en sus ojos.
Quinto tragó saliva, como si tuviera óxido en la garganta. Tras un silencio, preguntó con voz ronca:
—¿De verdad elegirás a Héctor?
—Quinto, ¿quién te da permiso para hablar así?
La voz de mi padre co