A medida que la ceremonia avanzaba hacia la segunda mitad, decenas de coches cargados de regalos preciosos entraron de repente en la sala.
Entre ellos, lo más llamativo eran los coches cargados de flores de luna, valoradas en miles de dólares, que pronto se amontonaron por toda la sala, como si convirtieran el espacio en un mar de flores blancas como la plata.
Y al final de ese mar apareció Héctor.
Su figura imponente avanzó con paso firme por la alfombra, una presencia que ahogó hasta los su