Luis no esquivó el golpe, y las marcas de los dedos de Dulcinea quedaron impresas en su rostro.
Sin inmutarse, tomó su mano y la arrastró hacia el ascensor.
—¿Qué estás haciendo? ¡Déjame ir! —protestó Dulcinea.
Luis la llevó al estacionamiento subterráneo, la empujó dentro de un Rolls-Royce Phantom y cerró la puerta tras ellos. Dulcinea, aturdida por el golpe contra el asiento, intentó escapar, pero Luis la inmovilizó.
Sus ojos reflejaban un deseo intenso mientras murmuraba:
—No me he acostado c