Mario regresó a la habitación con un tazón de sopa, colocándolo en la pequeña mesa redonda. Se disponía a ayudar a Ana a sentarse para comer cuando ella, apoyada en el cabecero de la cama, habló con voz suave:
—¡No es igual!
Mario se detuvo, sorprendido. Después de un momento, comprendió a qué se refería. Ana lo miraba, su voz ahora más suave que antes:
—Mario, las cosas han cambiado. Antes te amaba, así que, aunque no quisiera, me aguantaba para hacerte feliz.
—¿Y ahora? —preguntó Mario, observ