La lluvia caía sobre su rostro, sobre sus pestañas.
¿Qué…?
Ana parpadeó suavemente y lo miró.
Mario sostuvo su fría mejilla, su voz baja y peligrosa, casi obligándola a decir:
—¡Nunca hubo nadie más! Aparte de mí, no tienes a nadie más. Mira con atención, el espacio de tu estado civil está en blanco. Estás conmigo, no necesitas preocuparte por restricciones morales, no has traicionado a nadie.
Ana apretó el papel y lo colocó frente a ella muy lentamente.
Por un momento, sus labios temblaron lige